Cuentos reflexivos Pedro y el lobo

Pedro era un niño de aproximadamente once años que se dedicaba a pastorear las ovejas de los granjeros del condado. Al tratarse de un pueblo muy tranquilo, los criadores no se preocupaban de que algo les fuera a pasar a los animales, pues afortunadamente no había cuatreros.

Como te lo puedes imaginar, la rutina de Pedro a veces era aburrida, ya que lo único que escuchaba por horas era el sonido de las ovejas mientras comían.

– ¿Qué aburrido me siento el día de hoy? Ojalá pasara algo interesante. Pensó el muchacho.

En eso estaba, cuando vino a su mente un cuento que le había relatado uno de sus amigos. En él, un muchacho más o menos de su edad hacía creer a los vacacionistas de una playa que se acercaba a la costa un tiburón asesino.

– ¿Y si cambio el tiburón por otro animal? Quizás obtenga el mismo resultado. Imaginó el muchacho.

En un santiamén, comenzó a gritar desesperadamente: “Ayúdenme por favor, se acerca el lobo y quiere comerme”. Los alaridos eran tan convincentes que en un parpadeo varios de los granjeros se acercaron hasta donde estaba el pequeño pastor, armados con palos, rifles y piedras para tratar de auxiliarlo.

Sin embargo, la muchedumbre se alejó enfadada anotar que el infante lo único que había hecho era burlarse de ellos.

Al día siguiente, sin ninguna clase de remordimiento, Pedro lo volvió a hacer, es decir, gritó de nuevo diciendo que un lobo salvaje se aproximaba. Una vez más, los lugareños acudieron al llamado, ya que notaron en la voz del chiquillo un nerviosismo terrible.

No obstante, al verse engañados nuevamente, uno de los criadores se le acercó al muchacho y le dijo: Esta es la última vez que acudiremos a socorrerte.

Lo que Pedro ignoraba es que a unas pocas millas, un lobo hambriento y feroz se acercaba al lugar en donde estaban las ovejas. En el momento en que el niño vio las fauces del animal frente a él gritó desesperado:

– Viene el lobo y quiere devorarme.

Para su buena suerte, uno de los propietarios decidió darle una última oportunidad y acudió a ver qué era lo que pasaba. Si no ha sido por él, hoy Pedro estaría muerto. Por eso, no es bueno decir mentiras.

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