Cuento de terror La faz de la licantropía

Ese día Severino tenía temperatura y gripe, pero aun así debía cumplir con sus labores en el campo. Subió a su caballo y sujetó fuertemente las riendas de este, ya que si no lo hacía de esa forma, podía caerse. Arrullado por el suave trote del animal, el hombre de vez en cuando cerraba los ojos y dormitaba.

No obstante, varias aves de rapiña llamaron su atención. Severino creyó que una vez más se trataba de los ataques de un feroz lobo, quien ya había asesinado a más de un centenar de ovejas a la redonda. Tapando los rayos del sol con una de sus manos, pudo seguir el rastro de los pájaros hasta que éstos empezaron a volar de manera circular en un paraje inhóspito.

Desmontó y cogió su escopeta. El panorama era espantoso, había restos de ovejas ensangrentadas por todos lados. Algo parecido sólo ocurre en los asombrosos cuentos del “chupacabras” que se platicaban en las tertulias mexicanas a finales de los años noventa.

Ante la impotencia de no poder enfrentar al misterioso agresor en ese momento, retornó a su hogar, no sólo para descansar y reponer fuerzas, sino para sacar de la bodega una caja completa de municiones, pues ese ranchero ya no iba a soportar un ataque más. En cuanto se oscureció, Severino se agazapó entre los árboles y dejó que la bestia apareciera.

Para su asombro, lo único que apareció frente a sus ojos fue un hombre desnudo y desgarbado que se desfalleció entre la maleza. El granjero se aproxima a él para darle los primeros auxilios, pero en este momento la luna llena consiguió salir de entre las nubes y el sujeto sin ropa empezó a convulsionar. Rápidamente su piel se comenzó a llenar de grueso pelaje, de sus extremidades brotaron garras al mismo tiempo que de su boca salían filosos colmillos. Inmovilizado por el pánico, Severino no alcanzó a moverse y lamentablemente murió a manos de un hombre lobo.

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